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Theda Bara


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Sus ojos, aquellos inmensos ojos, tan negros como el firmamento de una noche sin más estrellas que el leve pero cegador centelleo gélido de su frialdad… Sus pupilas, aquellas abismales pupilas que me absorbían, irremediablemente, hacia las hondas simas de su despiadada alma… Hacia el patético camposanto donde yacían, despreciados, los huesos descarnados de tantos otros incautos que se precipitaran en aquel profundo pozo antes que yo.

 

Aquellos sus ojos, aquellas sus pupilas, aquel su insano amor o cálida indeferencia, eran mi irresistible perdición. Eran mi dulce condena, mi fatal destino y humillación, mi vergüenza más ignominiosa y, sin embargo, mi más intenso deseo… ¡anhelo enfermizo de amante loco y desquiciado!

 

Su tersa cabellera de hilos de azabache, una telaraña de viuda negra que atrapaba y envenenaba mi razón, que anestesiaba y aturdía mi instinto de supervivencia, me acarició el rostro como el soplo de una brisa de embriagantes inciensos… Etérea como si fuera aire, densa sin embargo como la amargura de mi delirante pasión. Sus finos dedos blancos se deslizaron por mi cuello, clavando en mi carne sus uñas de nácar lo justo y preciso para no traspasar la piel, como aguijones de perversa y diestramente contenida lascivia, como degradantes burlas de la fragilidad de mi psique y mis sentidos ante ella.

 

Acercó sus rojos, casi sangrientos, labios a mi mejilla. Sentí su respiración latir contra mi rostro, palpitar al mismo ritmo que mi corazón en una macabra y desenfrenada danza. Tuve un momento, un breve momento de lucidez… Quise decirle: "¡Apártate de mí, no me tortures más! ¡Quédate en mi pretérito, deja que te olvide o que, al menos, sólo haya de recordarte como la peor de mis pasadas pesadillas!" Pero ya era tarde: cuando la sombra oscura de su mirada se clavó en la mía ya estaba entregado a ella…

 

¡Ah, qué hipócrita soy! ¡Yo ya era suyo desde el principio, quizá desde siempre! Ella era toda mi deplorable vida… y toda mi dulce muerte. Su voluptuosa boca se detuvo a apenas un instante de la mía, humedeció mis labios su lúbrico aliento, y antes de sellar en ellos mi perdición susurró unas palabras que no me han abandonado jamás desde entonces, que arrastro en mi muerte en vida como sus cadenas el fantasma:

 

– "Bésame, tonto mío…"

 

Mis disculpas por el arrebato de afectación dramática (uno más de ésos a los que tengo acostumbrados a los valientes que me leen) que son los tres párrafos anteriores. Menos no merece (más con toda seguridad) la introducción a un artículo dedicado a una de las figuras femeninas más misteriosamente atractivas de todos los tiempos, a quien fuera una leyenda viva en los grises días de la Gran Guerra, a la primera y más fascinante hembra fatal del Séptimo Arte: Theda Bara, la "vampiresa del silencio", la eterna diosa sombría del cine mudo; la que es y será por siempre prima madre de las divas oscuras de la pantalla, como lo es Lilith de las demoniesas súcubo.

 

 

 

Theda Bara nació a finales del siglo XIX en Egipto, hija de los amores de una bohemia actriz francesa que había devenido en concubina de un nómada príncipe egipcio. Alumbrada bajo la sombra misma de la Gran Esfinge, se decían de ella cosas tales como que había llegado al mundo dotada de extraños poderes sobrenaturales, o que había sido desmamada con la sangre de serpientes venenosas…  Theda creció a lomos de los camellos entre dunas de arena roja, ante el horizonte siempre vigilante de las Pirámides de Giza. Durmió a la luz de las hogueras nocturnas de los señores del desierto, ante las cuales las suras del día se tornaban paganos salmos milenarios de la más antigua tradición osiríaca. Su silueta de niña fue convirtiéndose poco a poco en sombra de mujer tras la tela de las tiendas beduinas, y su piel de vestal se hizo lúbrica carne fémina baño tras baño, desde su infancia hasta su adolescencia, en las fértiles y afrodisíacas aguas del río Nilo.

 

Bueno, en realidad no fue exactamente así, pero más o menos ésta que os he contado fue la ficticia vida que, vistiéndola así de un halo de misterio y exotismo, hiló William Fox para la que había de convertirse en la primera gran actriz de su naciente imperio cinematográfico, en la primera estrella del celuloide, en definitiva, cuyo nombre se convertiría en mito y recibiría (recibe incluso aún) culto. Nadie dudó, entre 1915 y 1919, que Theda Bara era, en efecto, la viva encarnación de la sensualidad oriental, la vampiresa llegada desde las arenas de desiertos lejanos, la diosa prostituta que todos los varones deseaban silenciosamente y todas las mujeres envidiaban.

 

Realmente, Theodosia Goodman, pues tal era su verdadero nombre, había nacido un 29 de julio en Avondale, población del condado de Hamilton cercana a la poco egipcia y muy occidental ciudad de Cincinatti, estado norteamericano de Ohio. El año, dijeron las malas lenguas, fue 1885, aunque ella siempre insistió en que había sido 1890. Theodosia no era si no la mundana y honrada hija de dos mundanos y honrados inmigrantes judíos: su padre, de origen polaco y nombre anglosajonizado, se hacía llamar Bernard Goodman, y su madre, una mujer suiza por cuyas venas corría sangre francesa y alemana, Pauline Louise Françoise DeCoppet.

 

Theda o Teddy, pues así se la llamaba cariñosamente entre los suyos, fue la mayor de tres hermanos, dos hembras y un varón. Desde su más tierna infancia, había demostrado un fuerte carácter y una naturaleza fuera de lo común. Nunca fue aficionada, como debiera haberlo sido la niña de una sociedad judía norteamericana de aquellos tiempos aún victorianos, de la confección y los bordados, ni de la repostería de dulces de azúcar. Siempre inquieta intelectualmente, fueron los libros sus más queridos amigos y nunca tuvo relaciones demasiado estrechas con otros chicos y chicas de su edad. Era una muchacha contradictoria, solitaria pero traviesa, temperamental pero reservada, tímida pero tremendamente enamorada de la elegancia sensual de los vestidos y sombreros de pluma de su madre.

 

A medida que fue creciendo, Theda adquirió una fascinación cada vez mayor por los teatros ambulantes, por las actrices de tableau vivant y por los recitales poéticos callejeros. En 1899 ingresó en la escuela secundaria de Walnut Hills, donde superó con éxito sus estudios al tiempo que se aficionaba al misticismo y a vestir de negro. Por aquel entonces, pasaba la mayor parte de su tiempo libre en el cinematógrafo de Avondale, en la Rockdale Avenue, disfrutando de las primeras películas, mudas aún por supuesto, que llegaban a la ciudad.

 

 

 

Theda se graduó en 1903 y, algo muy poco común en las chicas de su época, ingresó en la Universidad de Cincinnati. Durante dos años alternó sus estudios con un interés cada vez mayor por el teatro y la interpretación, llegando incluso a cantar en algunos locales de la ciudad: fue así como la tímida Theda comenzó a descubrir su capacidad de seducir al público. Pero esta afición de la joven, evidentemente, no gozó de la aprobación de su padre, por lo que se desató un clima de enfrentamiento tal en el hogar que, en 1905, la temperamental Theda decidía abandonar Cincinatti, y Ohio entero, marchando en busca de fortuna.

 

Durante un tiempo, Theda se dedicó al espectáculo en el Alhambra Theater de Milwaukee, en Wisconsin, por entonces un antro de mala reputación donde la función se alternaba con la venta de cerveza y el público acostumbraba a romper las botellas tirándolas escaleras abajo si no se sentía satisfecho con los actos. Esto nunca sucedió en los actuaciones de Theda, que haría célebre el local gracias a sus audaces trajes y las atrevidas letras de sus canciones.

 

Poco después, decidida a hacer realidad sus sueños de emprender carrera como actriz, marchó a Nueva York, donde tomando el apellido de su madre se hizo llamar Theda DeCoppet. En 1908 debutó en el Garden Theater con una función titulada The Devil, en la que ya se inició en el papel arquetípico de mujer perversa que habría de darle fama. Tras alternar distintas actuaciones en el Garden y en el Belasco Theater, en 1911 se unió a una compañía de teatro ambulante de la que se convertiría, gracias a su inteligente capacidad de seducción, en principal atracción.

 

Fue en 1914 cuando Eva Fox, esposa de William Fox, puso sus ojos en ella e intuyó las posibilidades de Theda: la joven se estrenaría en el universo del cine mudo, de la mano de la compañía Fox Films, interpretando un tímido papel en la película The Stain de Frank Powell. Un año más tarde, en 1915, Theda disfrutaría de su primer cartel como protagonista en otro filme de Powell, A Fool There Was, siendo instrumento de una campaña de publicidad tan exitosa que, en apenas unas semanas, la hasta entonces desconocida actriz pasó a convertirse una estrella de reconocimiento mundial y en la primera mujer fatal de la Historia cinematográfica.

 

A Fool There Was, literalmente Fue un Tonto, había sido una obra de teatro de Porter Emerson Browne, estrenada en Broadway en 1906 y que el mismo autor había convertido en novela en 1909. Tomaba su título del primero de los versos de un célebre poema del escritor anglohindú Rudyard Kipling, The Vampire, escrito en 1897. La obra de Browne profundizaba en un personaje arquetípico que, desde finales del siglo XIX, estaba comenzando a provocar la aparición de un gran número de títulos, tanto en las artes plásticas como en las narrativas y escénicas: la mujer vampiro, sobrenatural o no, la hembra parásita que desangra o arruina, que humilla al varón sin remordimientos, tan perversa y cruel como seductora e irresistible. La evolución sufrida por la vampiresa literaria desde Die Braut von Korinth de Johann Wolfgang von Goethe, en 1797, hasta llegar a la Luella Miller de Mary Wilkins Freeman, 1902 -a través de infinidad de obras como The Ken’s Mistery de Julian Hawthorne, 1883, o The Parasite de Arthur Conan Doyle, 1892-, sería tema de un amplísimo artículo aparte.

 

A Fool There Was de Porter Emerson Browne aportaba para la vampiresa una nueva dimensión, menos sobrehumana y distante pero igualmente dramática. Tanto en su versión teatral como novelesca, gozó de tanto éxito que llegó incluso a inspirar una canción homónima, compuesta por Gustav Benkhart y con letra de Alexander Dubin, que tuvo igualmente una gran aceptación popular. En la obra de Browne aparece por primera vez el término "vamp", obviamente un apócope de "vampire", que fue adoptado pronto por el inglés vernáculo norteamericano y, desde entonces hasta hoy, trascendiendo incluso las fronteras anglófonas, ha pasado a definir a la hembra que, no necesariamente dueña de una belleza incomparable, disfruta de la habilidad de seducir a los hombres y conducirlos a la ruina, incluso a la locura y a la muerte.

 

La imagen mítico-literaria de la "vamp" habría de encarnarse en un rostro cuya personalidad quedaría por siempre asociada a su figura: el de Theda. Y de ello habría de encargarse William Fox, quien encomendó a Frank Powell la adaptación cinematográfica de A Fool There Was. En una intensa e inteligente campaña publicitaria de la compañía, Theodosia Goodman, actriz principal de la película, fue convertida en Theda Bara, de cuyo nombre se dijo que era el anagrama del término "Arab Death", la "Muerte Árabe". Se le inventó una nueva vida como exótica dama egipcia, se la alojó en habitaciones de hotel ambientadas cual harén y perfumadas de inciensos, y se le hizo conceder en ellas convincentes entrevistas que todos se creyeron.

 

"La más célebre de las vampiresas, en el papel más osado, provoca la ruina y toda clase de desastres a miles de hombres". Así se anunciaba "A Fool There Was". Theda Bara se transformó de la noche a la mañana en una auténtica leyenda. El estreno del filme arrasó. Aún quedaban quince años para que se elaborara el Production Code de censura en el cine estadounidense, y Theda pudo mostrar la semidesnudez de su cuerpo con un atrevimiento que excedía mucho más allá de lo acostumbrado por aquel entonces. Se convirtió así en la antítesis de Mary Pickford, la virginal actriz que encarnaba la pureza de la mujer victoriana de la época. En un momento en que la fémina sólo podía ser o buena o mala, o casta o prostituta, Theda Bara fue la perversión sensual personificada, el deseo nunca confesado, lo prohibido: la "Vamp" por antonomasia. En una de las mejores escenas de la película, Theda reía traviesamente ante un amante al borde del suicidio mientras la leyenda rezaba: "Kiss me, my fool…" ("Bésame, tonto mío…")

 

Entre 1915 y 1918, en apenas tres años, mientras la I Guerra Mundial asolaba Europa, Theda Bara realizó alrededor de cuarenta películas, ya fuera bajo la dirección de Frank Powell, de su futuro marido Charles Brabins o de cualquier otro cineasta, reafirmándose como arquetipo de la mujer fatal y despiadada, como encarnación de la sensualidad y el erotismo, y cosechando un éxito tras otro. Gracias a su inmensa popularidad, William Fox pudo frotarse las manos mientras su compañía se situaba a la altura de las más importantes productoras cinematográficas de la época y asentaba las bases del que habría de ser, hasta hoy, uno de los más importantes imperios del celuloide.

 

Al contrario de lo que parecería en principio lógico, Theda no disfrutó de la típica belleza física de perfecta silueta e, incluso para los cánones de la época, fue algo más rolliza que delgada. Pero nadie podía resistirse al embrujo de sus maquillados ojos de misteriosa sirena realzados por la sombra de "khol", a su mirada intensamente penetrante, a su hermosa y profunda tristeza, a la promesa de caricias de sus negrísimos cabellos. Theda Bara raramente sonreía en sus películas: parecía una diosa indiferente, ajena al mundo, al Bien y el Mal, un fantasma que se acercaba a los mortales a través del mágico espejo de la pantalla animada para mostrarles el reflejo de sus propios ocultos anhelos, haciéndoles soñar que podían rozarle.

 

Entre las películas de Theda destacaron en 1915 "Sin", "Carmen" y "Siren of Hell", en 1916 "Romeo and Juliet", "Under Two Flags", "The Eternal Sappho" y "The Vixen", y en 1917 "Camille", "The Tiger Woman", "Madame DuBarry" y, sobre todo, "Cleopatra": ¡qué mejor papel para Theda Bara que el de la mítica reina del Nilo, hechizadora de Julio César y Marco Antonio!

 

El papel de Theda Bara como Cleopatra, bajo la dirección de J. Gordon Edwards, devendría en uno de los más arraigados mitos eróticos de la Historia del cine. Tras ella, ni Claudette Colbert en 1934, ni Vivien Leigh en 1946, ni Elizabeth Taylor en 1960, ni tan siquiera Monica Bellucci en el 2002, pudieron desprenderse de la huella dejada por la diva del cine mudo en el personaje. En 1958 la propia Marilyn Monroe posaría para el fotógrafo Richard Avedon de la revista "Life" emulando a Theda como Cleopatra. Marilyn, que deseaba interpretar a la legendaria reina egipcia en el futuro filme de Joseph Leo Mankiewicz, esperaba que alguien viera en ella a la Cleopatra que finalmente sería encarnada por Elizabeth Taylor.

 

No sería "Cleopatra" el último éxito de Theda Bara. En 1918 triunfaría nuevamente con obras como "Salomé" y "The Forbidden Path". Pero tras el fin de la I Guerra Mundial su nombre ya había comenzado a declinar. En 1919 la Fox Films se vio obligada a tirar de la manta y revelar que la leyenda de Theda Bara, la vampiresa egipcia, había sido tan sólo una campaña publicitaria, y aunque la actriz aún pudo protagonizar filmes de una cierta aceptación entre el público, como así "Kathleen Mavourneen" o "La Belle Desire", nunca jamás lograría recuperar su carrera.

 

Hoy, los historiadores del cine ven en Theda Bara a una gran actriz víctima de sí misma, devorada por su papel hasta el punto de que no pudo sobrevivir a él. En muchas de las escenas interpretadas por Theda en su amplia filmografía, o en las abundantes fotografías para las que posó, se puede apreciar a una artista capaz de adaptarse a cualquier papel, de representar no sólo el erotismo y la perversión si no también la virginidad, la maternidad, la desesperación… Las imágenes bajo estas líneas son en ocasiones expuestas como ejemplo de ello.

 

 

 

En 1920 Theda intentó triunfar de nuevo en los teatros de Broadway, y en dicho empeño actuaría de nuevo en el Garden Theater para obras como "The Blue Flame". Aquel mismo año contraería matrimonio con el cineasta Charles Brabin, quien tiempo atrás la había dirigido en distintas películas, y ambos marcharían a vivir a California, estableciéndose en Los Ángeles. En 1921 Theda se estrenaría en Hollywood, sin demasiado éxito, con la película "The Prince of Silence", tras cuyo fracaso se retiró del escenario público durante un tiempo.

 

Theda saldría de su retiro en 1923 para protagonizar un número especial de la revista "Movie Weekly", que fue publicado con fecha de portada del 2 de junio. Entre otros artículos de interés en torno a ella, había uno dedicado a su vida hogareña y una entrevista con su marido Charles Brabin, en la que éste se declaraba molesto porque su esposa deseara volver a la vida pública. En el monográfico, Theda intentaba desembarazarse de su rol de hembra fatal, y se mostraba como una mujer de inquieto intelecto que sentía gran amor por la Filosofía y la Literatura.

 

En 1925, Theda volvería a actuar en la gran pantalla, esta vez con mayor éxito y de la mano de James Young, para el filme "The Unchastened Woman". Pero en 1926, tras trabajar en dos cortometrajes en los que se autoparodiaba, "45 Minutes from Hollywood" y "Madame Mystery", se retiraría definitivamente de los escenarios. En aquel mismo año, Terry Ramsaye escribía su libro "Bara and the Vampire", en el que por primera vez se hacía de dominio público que el verdadero nombre de Theda Bara era Theodosia Goodman.

 

Desde entonces, Theda se abandonó definitivamente a la vida hogareña en su casa de Los Ángeles, dedicada por entero a su gran pasión, la lectura, y al gran amor que le unía a su marido. Al parecer, durante los años 30 se dedicó a escribir una memoria, "What Women Never Tell", que nunca ha sido publicada.

 

El 7 de abril de 1955 Theda Bara Brabin moría víctima del cáncer. Sus huesos reposan en el Gran Mausoleo del Columbarium Of Memory de Los Ángeles. Descansen en paz, mientras la sombra de la vamp eterna, de la hechicera que llegó de los desiertos de Oriente, de la fatal diablesa, continúe entre nosotros para seducirnos con sus inmensos e hipnóticos ojos negros.

 

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