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EL VALOR DE UNA
MUJER CONTRA ROMA



Palmira era un importante centro comercial y religioso en la ruta de las caravanas sirias, donde confluían comerciantes y personajes griegos, árabes, egipcios, judíos, fenicios, par tos, persas y latinos.
Era parte del imperio romano a partir del 110-115 a.C. Pero, lejos de ser una ciudad sometida, gozaba de mucha libertad por dos razones: su posición estratégica y la tradición militar de sus arqueros, ahora parte del ejército imperial. 


Zenobia, extraordinaria mujer de origen árabe, cuyo nombre arameo era Bat Zabbai, fue la segunda esposa de Odainat, gobernante aliado de Roma y quien había ostentado el cargo de cón sul romano. El noble palmireño fue asesinado por su propio sobrino y Zenobia asumió el poder en el año 267 de nuestra era, como regente de su vástago, Vabalatus Atenodoro. Contemporánea de la reina Semíramis, de Babilonia, Zenobia era una mujer de una belleza notoria: morena, es pigada, de ojos negros brillantes, inteligente y atlética, llamaba la atención de todos los que la conocían. Sabía profundamente las artes militares, pues acompañó a su esposo en varias batallas. 


Era excelente jinete de combate y, adicionalmente, era capaz de mantener el ritmo de la infantería como cualquier soldado en sus marchas por el desierto.
Lo primero que hizo al asumir la regencia fue atacar Egipto y Siria, en el año 269, parte de cuyos territorios anexó a Palmira, gracias al arrojo de su general en jefe, Zabdas. Posterior mente, se declaró independiente de Roma, ocupada en repeler los ataques de los bárbaros godos, al norte de Italia.


Su corte se enriqueció con la presencia de filósofos e historiadores sirios y griegos. Zenobia asistía a las reu niones públicas y a las discusiones de gobierno de sus ministros. Sus costumbres cortesanas se sofisticaron, al copiar la elegancia de los persas. 


Aureliano, el nuevo emperador de Roma, decidió recuperar la autoridad del gobierno en Palmira. Sus batallones de soldados de las provincias, apoyados por caballería ligera e infantería, llegaron hasta Ankara y la tomaron sin ninguna resistencia. Posteriormente avanzaron hasta la ciudad de Tiana y encontraron tropas palmireñas defendiendo los desfiladeros de Tauro, de donde fueron desalojados por los vetera nos imperiales. Los romanos avanzaron entonces al encuentro del grueso de las tropas de Palmira, encontrándolas en las cercanías del río Orontes, que corre a través de los actuales estados de Líbano, Siria y Turquía. Allí tuvieron efecto dos confrontaciones entre los ejér ci tos. En el primer encuentro, las tropas romanas desplegaron su infantería y los escasos regimientos de caballería ligera contra los de Palmira, que poseían además cuerpos de arqueros y caballería pesada.


Zenobia, montada a caballo, transmitió las órdenes a través del general Zab das. Los arqueros, dispuestos en la primera línea, comenzaron el ataque con sus proyectiles que se estrellaron contra la vanguardia romana. 

Los palmireños sintieron que eran lo suficientemente poderosos como para derrotar a los imperiales y su caba llería,  agresiva e imponente, comenzó a inquietarse por entrar en combate. Efectivamente, un ataque combinado de los jinetes acorazados, secundados por la caballería ligera, hubiera sido sim plemente incontenible. Sin em bargo, Aureliano era un excelente táctico y dio orden a sus infantes de fingir una retirada, lo cual envalentonó a los regimientos de caballería pesada de Palmira, que se precipitaron en forma desordenada sobre las legiones ro ma nas, buscando aplastarlas por la es pal da.

Los orientales cabalgaron desaforadamente a través del desierto, sin contar con la resistencia de los legionarios de infantería, adiestrados en esta forma de estratagemas. Y cuando Aureliano observó que la caballería enemiga se dispersaba aún más por efectos del calor, dio la orden de girar ciento ochenta grados y atacar a los indisciplinados centauros, que fueron completamente masacrados. Decenas de miles de militares palmireños murieron en esta primera fase.


El general Zabdas ordenó a su ejército fortificarse en Antioquía. Zenobia, perseguida por Aureliano, se reorganizó en la ciudad de Emesa y presentó de nuevo batalla en otro punto cercano al río Orontes.

Los romanos se presentaron en forma compacta, reforzados por nuevos cuerpos de ejército aliados. Zenobia, por su parte,  encontró apoyo entre los sirios, que también la reforzaron. Ciento cincuenta mil hombres de ambos lados se observaron antes de los primeros avances. 

La caballería palmireña, acostumbrada a vencer a enemigos previos en la primera primera carga, se dirigió contra los legionarios de Aureliano, que ofrecieron resistencia monolítica en cuadros individuales.
Las tropas de Zenobia no pudieron aplastarlos en el primer embate y, lo que es más grave, no pudieron reagruparse de nuevo, pues los ro manos cayeron sobre los jinetes para diezmarlos rápidamente. 

Los arqueros no fueron tampoco capaces de acabar con la infantería enemiga, que logró avanzar hasta sus líneas, aplastándolas sin misericordia. Zenobia decidió retroceder hacia Palmira, finalizando así la segunda parte de la batalla. Las tropas de Zenobia, todavía fuer tes, atravesaron ciento sesenta kilóme tros de desierto y se reorganizaron en la misma Palmira. Los romanos les si guieron los pasos y pusieron sitio a la ciudad, que a las pocas semanas comenzó a sentir los efectos del ham bre. 

Con la ciudad a punto de caer, la reina guerrera consiguió evadir el cer co y escapar hacia el norte. Fue la última fase de la batalla. Palmira cayó y fue sometida al saqueo. Era el año 271 de nuestra era. Zenobia, capturada por los romanos, fue llevada prisionera a Roma, en donde se respetó su vida, permitiéndole integrarse a la cultura de la urbe. Allí contrajo matrimonio con un senador romano y murió pacíficamente en una de sus villas. 

Caído su ejército, invadido su territorio y capturada su preciosa líder, el orgulloso reino de Palmira nunca volvió a levantarse. 

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