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La mujer celta.

(…) Tácito en su relato de la toma de Mon la menciona como "desgreñadas mujeres de negro ropaje, cual furias blandiendo antorchas".

Amiano Marcelino (330-395 d.c.) la describe, rápida en pasar de la discusión a la violencia física dice: "El cuello hinchado, los dientes rechinantes y blandiendo los enormes brazos cetrinos…,daba puñetazos a la par que patadas, como si fueran los proyectiles de una catapulta". En otras líneas hace referencia a su valor. "Una patrulla entera de extranjeros -dice- no podría resistir el ataque de un sólo galo, si este se hiciera acompañar y ayudar por su esposa. Estas mujeres son, generalmente, fortísimas, tienen los ojos azules, y cuando se encolerizan hacen rechinar los dientes, y moviendo los fuertes y blancos brazos comienzan a propinar formidables puñetazos, acompañados de terribles patadas".

Julio Cesar se refiere a ellas diciendo: "Una hembra celta iracunda es una fuerza peligrosa a la que hay que temer, ya que no es raro que luchen a la par de sus hombres, y a veces mejor que ellos"

Plutarco, en su tratado de virtudes femeninas, cuenta varias anécdotas sobre mujeres celtas. Una mujer celta de nombre Kinimara al informarle a su marido que había sido atropellada y violada por un extraño, le presentó al mismo tiempo la cabeza del ofensor.

Respecto a la permisividad sexual de la que habla Julio Cesar en "La guerra de las Galias" en la que menciona la costumbre británica de compartir una mujer entre varios hombres, Dión Casio (150-225 d. de C.) documenta una entrevista entre Julia Domna, esposa del emperador Severo (193-221 d. de C.) y una mujer caledonia. La patricia habla sobre la libertad con que las mujeres de su pueblo conceden lo que los celtas llamaban "la amistad de los muslos". A lo que la caledonia responde que los modos de su pueblo son superiores a los de los romanos puesto que en su pueblo todo se hacía de una manera directa y abierta. Ellas, las mujeres de su pueblo podían juntarse descaradamente con el más magnífico de los hombres mientras que las romanas, con el secreto que sus falsos valores que la respetabilidad imponía, tan sólo podían encontrar amantes entre aquellos a quienes no arredraba complacerse en alianzas furtivas.

La mujer en la vieja Irlanda- único lugar del mundo celta que nunca fue visitado por las legiones romanas, mantiene su independencia hasta el siglo XII, y a los fines prácticos unos tres siglos más- estaba casi en un plano de igualdad con el hombre. En particular las mujeres importantes que no sólo imponían esta igualdad, sino también en algunos casos su superioridad. La mujer permaneció emancipada y fue a menudo elegida por su profesión, rango y fama.

Las antiguas leyendas hablan de mujeres sabias, médicas, legisladoras, druidesas, poetisas, lo cual implica que en aquel tiempo no había nada inusual en que las mujeres ocuparan estas posiciones dentro de la sociedad. "The Brehon Laws" decían que el hombre tenía la jefatura en el matrimonio; pero no es el dueño de su mujer puesto que el matrimonio sólo es un contrato entre ellos. El Crith Gablach sentó un edicto discutiendo acerca de los privilegios de un hombre de clase noble "A su mujer pertenece el derecho de ser consultada sobre cada asunto".

Tampoco eran excluidas del privilegio de la educación, existen numerosos registros de esto. San Mugint funda una escuela en Escocia en el siglo VII en la que estudiaban tanto muchachas como jóvenes. A la escuela de San Finian en Clonard, en el siglo VI asistían mujeres. En el año 932, los Anales de los Cuatro Maestros registran la muerte de Uallach, la hija de Muinnechan, "la más grande poetisa de Irlanda".

También hubo gobernantas y esposas de gobernantes que hicieron sentir su peso en la historia, como también guerreras.

Antes del matrimonio la mujer era cortejada y conquistada como un ser superior, y en el ejercicio de sus privilegios podía desdeñar, mirar con enojo atenciones hasta de reyes y príncipes, eligiendo a quien quisiera. Luego del matrimonio ella no era propiedad de su marido, eran compañeros en una aventura matrimonial. La esposa permanecía como dueña exclusiva de sus propiedades, tampoco las propiedades habidas juntamente o poseídas por ambos podían ser vendidas o cedidas por el marido, sus derechos sobre los bienes comunes eran iguales y para disponer de ellos era necesario el voluntario consentimiento de ambos. La mujer casada podía proseguir con un caso legal, podía ser titular de derechos y demandar a sus deudores. Cuando se reclamaba sobre las cosas de un deudor, ella embargaba las cosas apropiadas para mujeres, artículos tales como husos, espejos, etc…

En la herencia de la tierra el varón era preferido, sin embargo la mujer tenía COIBCHE, porción matrimonial, más allá de su estado. La hija heredaba si no había hijos, pero en virtud de su posesión tenía que aprovisionar y pagar un guerrero cuando se pagaban tributos militares.

El COIBCHE, tinnscra o tochra de una mujer aunque usado a veces como dote, fue más propiamente el precio que el novio pagaba al padre de la novia o a la novia. Las viejas leyes decían que se pagaba en plazos anuales. Iba para el padre de la novia el total del primer año, dos tercios el segundo año, la mitad del tercer año y sí decrecientemente; para la esposa iba el resto. Había otro pago llamado TINOL, un regalo colectivo dado por los amigos a la pareja, del mismo el hombre tenía derecho a dos tercios, y la mujer a uno. En los casos de separación legal, se decretaba el derecho de la mujer de quedarse con toda su porción del matrimonio y los regalos de boda, más otra cantidad por daños.

Se sabe que la mujer podía ser extremadamente rica, en una cámara funeraria hallada en 1953 en Vix, cerca de Chantillon-sur-Seine en Borgoña, que contenía el cuerpo de una princesa secuana se hallaron objetos procedentes de lugares desde el Báltico hasta el Mediterráneo, brazaletes, collares de perlas, etc…

La riqueza iba unida a la autoridad, y si sucedía que la esposa era la más rica se la aceptaba como cabeza de familia y dominante. Tal es el caso de Cartimandua, reina de los brigantes, que demuestra esto por el trato que le diera a su marido, el guerrero Venutius, a quien rechazó para otorgar sus favores a uno de sus caballeros, Vellocatus.

También podían ostentar mando militar, un ejemplo de esto es el caso de Boadicea, o Boudicca -"Victoria"-, reina y capitana de los ícenos británicos. Ella fue quien rompió las filas de la IX legión romana con su cuádriga de ejes cortantes. Se sabe que este no es un caso aislado debido a la cantidad de armas y armaduras encontrados en los enterramientos de mujeres. Existieron mujeres guerreras en el mundo celta hasta que se dictaron leyes que lo prohibían en el año 697 por la influencia de San Adamnan, y posiblemente esta práctica haya continuado por dos siglos más luego de la sanción de las leyes.

Además de guerreras, podían ser instructoras de armas. El héroe del Ulster, Cuchulain, fue entrenado por la amazona Scáthach que vivía en la Tierra de Sombras y enseñaba a los héroes jóvenes que iban a verla grandes proezas. Dice la leyenda que cuando llego encontró a muchos hijos de los príncipes de Irlanda que habían ido allí a aprender el arte de la guerra.

Otro caso que nos brinda la mitología es el de la reina Medb -Medbh, o Maeve- Reina de Connaught, que tiene por esposo al rey Aillil, pero es ella quien detenta la soberanía (que por otra parte siempre es femenina, los nombres de Irlanda: Fotla, Banba, Eriu corresponden a tres diosas que son una, con las que deben casarse los tres reyes de los Tuatha dé Danann, raza mítica de Irlanda, para poder reinar). El número de sus amantes es incalculable puesto que ella prodiga "la amistad de los muslos" a todos los guerreros que desea obtener para su servicio. Su imagen es la de la prostituta divina que dispone de la soberanía a su antojo.

(…)Las mujeres tenían el poder del geis sobre los hombres, el geis es una proscripción mágica impuesta generalmente a un héroe o un rey. La mujer puede imponer el geis, y está obligada a ello si entran en juego sus deseos sexuales. En una oportunidad Uathach, hija de Scáthach, va a la cama de Cuchulain y él la echa, ella responde imponiéndole un geis para que le permita quedarse. También es muy frecuente que sea la mujer quien obligue al hombre a quebrantar el geis

Viviana E. O´Connell

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